La insistencia de Pablo, en cuanto a que los cristianos que están justificados serán infaliblemente salvos de la ira de Dios, a causa de su transferencia en unión con Cristo al reino de la gracia y de la vida, genera la pregunta respecto del pecado en la vida del cristiano. ¿No tiene el pecado poder como para interrumpir este proceso, para evitar que el creyente justificado obtenga la gloria y salvación final? En el capítulo 6 Pablo trata esta pregunta, y la responde afirmando que los creyentes no sólo están librados en Cristo de la pena del pecado —justificados— sino del poder del pecado también: santificados. Sin minimizar la continua amenaza que presenta el pecado para vivir cristianamente, Pablo insiste en que el creyente en Cristo ha sido colocado en una relación absolutamente nueva con el pecado, una relación en la cual el pecado ya no tiene poder para “señorear” sobre nosotros, tenernos esclavizados a él; Romanos 6:6,14,18,22. A través de este capítulo Pablo describe la experiencia cristiana en términos de la transferencia de un “régimen” o “reino” a otro. El llegar a ser un cristiano, afirma Pablo, significa ser liberado del antiguo régimen dominado por Adán; Romanos 5:12–21, el pecado (capítulo 6), la ley (capítulo 7) y la muerte (capítulo 8); y ser introducidos al nuevo régimen dominado por Cristo; Romanos 5:12–21; 7:1–6, la justicia (capítulo 6), el Espíritu; Romanos 7:6,8, la gracia; Romanos 6:14,15, y la vida Romanos 5:12–21; 6:4; 8:1–13.
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