Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe; Lucas 7:9

En ocasiones menospreciamos a los que no son creyentes, y decimos para nosotros, que me puede enseñar a mi este. Lo normal cuando se trata de una cuestión de fe, es que aquellos que profesamos que somos creyentes, seamos ejemplo a los que no creen en cuestión de fe, pero no siempre es así. Suele suceder, que el ejemplo en cuestión de fe lo suelen dar los que no son creyentes. Tal fue el caso de un centurión romano.

Es sorprendente leer en los evangelios, que la élite religiosa en los días del ministerio de Jesús no creyeran en Jesús; “¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos?” Juan 7:48; y que aquellos que eran considerados por dicha élite como impuros creyeran en él. Que un centurión romano se expresara como lo hizo aquel del que da testimonio Jesús, lo dice todo; Lucas 7:1-8.

La lección que este centurión romano dio en cuestión de fe, fue notable, tanto que el propio Jesús no desaprovechó la ocasión para enseñar a todos, que no siempre el ejemplo en cuestión de fe lo recibimos de los que se presume lo debiéramos recibir, sino de aquellos que menospreciamos.

La fe de este centurión llevada a la práctica fue ejemplar, no necesitó ver personalmente a Jesús, para creer que Jesús era quién decían que era, bastó con que le hablaran de Jesús; Lucas 7:3. Tampoco necesitó que Jesús fuera personalmente a su casa para creer que estaba por encima de la enfermedad, y que por lo tanto su palabra era suficiente para que la enfermedad abandonara el cuerpo de su siervo; Lucas 7:7. Esta es la clase de fe que maravilla a Dios.

La fe del centurión fue registrada como ejemplo, aunque fuera de un centurión.

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