Este capítulo tiene una conexión principal y dos subordinadas con la primera parte del anterior. El ahora pues, con que Pablo comienza, sugiere que está sacando una conclusión de lo dicho anteriormente. Tanto el vocabulario como el contenido del versículo 1 señalan al final del capítulo 5 como base de esta conclusión.
El argumento de Pablo fue que los creyentes en Cristo están libres de la condenación — gr. katakrima—; Romanos 5:16 y 18, producida por Adán, porque han sido unidos a Jesucristo. Es éste el concepto que Pablo, luego de su digresión en los capítulos 6 y 7, reitera ahora: Ninguna condenación — gr. katakrima— hay para los que están en Cristo Jesús. Pero hay otros dos puntos de contacto: se disciernen a partir del contraste deliberado que Pablo crea entre la situación de estar “bajo la ley”; Romanos 7:7–25, y el estar “bajo el Espíritu”; Romanos 8:2–4,7, y en la elaboración que realiza en el capítulo 8 de la breve mención de “lo nuevo del Espíritu”, en Romanos 7:6b.
Para el creyente en Cristo la liberación de la condenación —la pena de muerte debida al pecado bajo el cual viven todas las personas— se produce en virtud de nuestra unión con Cristo; Romanos 5:12–21. Los versículos 2–4 explican en mayor detalle que esta liberación fue lograda por el Dios trino: el Padre envía al Hijo como ofrenda por nosotros (3), sobre la base de lo cual el Espíritu nos libera del poder del pecado y de la muerte (2), y nos asegura el completo cumplimiento de la ley en nuestro favor (4).
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